domingo, 22 de enero de 2012

No es un adiós, es un hasta luego

Queridos followers y fans, si es que los tengo. Ya sabéis que tengo esto un poco olvidado. Que paso por aquí muy de vez en cuando para postear alguna cosilla. Ahora escribo justo para eso, para deciros que durante una temporada no volveré a pasar por aquí.

He decidido dedicarme de lleno a dos personas a las que tengo mucho aprecio, Elisa y Ariel. Los cuales un día se conocieron y entablaron una bonita historia. Y están expectantes por ver qué es lo que finalmente pasa con ellos.

Los que me seguís supongo que sabéis de lo que estoy hablando, y creo que este es un gran paso. Les he prometido terminar su historia y así yo meterme en el calvario de terminar una obra e intentar buscar ese 'mejor postor' que me la publique.

Y sin más, espero que dentro de un tiempo sepáis de mí por las librerias.

Un fuerte abrazo. De Elisa y Ariel también

viernes, 6 de enero de 2012

4 (Elisa y Ariel)

A la mañana siguiente me desperté sobresaltado, como si de un mal sueño se tratase. Miré el reloj y eran las siete y veinticinco de la mañana. Decidí levantarme e ir a la cocina a por un café caliente y bien cargado. Elisa aún seguía durmiendo, con mi pijama de cuadros.

Me vestí con sumo cuidado, y enuna hoja de mi cuaderno de tapas rojas le escribí un mensaje a Elisa que después dejé encima de su abrigo, en el salón. “Elisa, esta mañana tuve que irme temprano, tenía que hacer unas cosas. Te he dejado café preparado en la cocina y en el estante hay bollos por si quieres comer algo. Nos vemos”.

Pero lo cierto es que esa mañana no tenía nada que hacer. Solo estuve paseando toda la mañana, sin un rumbo fijo. Hasta que avisté la estación de trenes y fui allí a ver cómo la gente se iba con sus maletas y cómo otros llegaban. Estuve toda la mañana sentado en un bar con un café con leche. No dejaba de pensar en la noche anterior, en Elisa. En cómo me había engatusado con esa sonrisa de niña buena. Era contradictorio lo que sentía en aquel momento. Huí de casa porque no quería estar allí más tiempo con ella, pero a la vez maldecía el momento en el que salí por la puerta. Me hubiera gustado ver cómo se despertaba. Si tendría cara de zombie o si sin embargo seguía guapa recién levantada, con la cara lavada con agua fría.
Aposté a que al despertarse seguramente no sabría bien dónde estaba, a que cotilleó mis cosas abriendo y cerrando cajones. O incluso que cuando yo llegara ahí seguiría ella, con la comida caliente y preparada.

Pero no fue así, al llegar a casa ella ya no estaba allí. Solo había una nota encima del sofá. Cariñosa y distante a la vez. En realidad era mi misma nota pero ella había escrito en el reverso. Hasta ese mísero detalle me pareció cruel. “Gracias por todo”, y un corazoncito en vez de un punto. Y su firma, Elisa. Con letra cursiva y emborronada.

Me pareció un feo detalle que esa intrusa se metiera con tanto interés en mi vida, revolucionándola aunque hubiera sido por menos de veinticuatro horas, y que después saliera tan abruptamente con un simple “gracias por todo”.

Las dos semanas siguientes me las pasé yendo todos los días a la cafetería de la Facultad de Geografía e Historia, donde la conocí. Me paseé por todos los pasillos de la misma por si la encontraba entre el resto de los alumnos, en los descansos de clase, pero sin suerte. Desde luego no me atreví a preguntarle a nadie por ella. ¿A quién podría preguntar? Por eso me maldecía aún más por no haberme quedado en casa para verla despertar. Me di por vencido y aposté por continuar mi solitaria vida aburrida.

Y gracias a Elisa me di cuenta de que no por desear una cosa acabas teniéndola o consiguiéndola, aunque lo desees mucho. La vida es así de caprichosa. Cuando ya por fin olvidas aquello que tanto querías es cuando aparece de la nada. Y es así como en un supermercado de la calle Toro, una chica de unos veintitantos años y con el pelo corto y castaño chocó sin querer su cesta de la compra con mi carro. Sin querer pensé yo, hasta que le vi la cara.

-¡Ariel! –Sonrío haciéndose la sorprendida- ¿Aquí también observas a la gente?

Con esa simple pregunta volvieron los juegos y las sonrisas picaronas, lo nuevo fue que al verla a mí me empezó a latir el corazón de forma extraña.

-No, Elisa. Aquí solo compro lechugas y tomates.

-Si piensas invitarme a cenar a base de una ensalada de lechuga y tomate lo llevas claro Ariel, por lo menos tienes que ponerle un par de cosillas más.

-¿Y cuales tendrían que ser esas cosillas para que te guste la ensalada?

-Vaya. Eso es un sí, ¿no? ¿Piensas invitarme a cenar?

Y ahí la tenía otra vez, entre los fogones de mi casa, armada de mi delantal con estampado de vaca y cortando la lechuga estilosamente con un cuchillo de sierra. Cambió los tomates por taquitos de salmón y maíz. Yo me apoyé en el umbral de la puerta para verla manejarse en la cocina de una casa extraña. Ella no dejaba de hablar sobre todo lo que había hecho desde que no nos veíamos. Sólo cuando me habló de sus notas se me pasó por la cabeza que quizá era demasiado pequeña para mí.

-Voy a ir preparando la mesa mientras acabas eso. ¿Prefieres cenar con música o con la televisión?

-La verdad es que cuando estoy sola en casa me pongo la televisión a todas horas, pienso que me hace compañía.

-Entonces pongo la tele. ¿Qué canal prefieres?

-Ariel, he dicho que cuando estoy sola es cuando la pongo, ahora no estoy sola.

Y mientras lo decía cogió el bol con la ensañada y lo puso en medio de la mesa camilla del salón. A cambió yo conecté la minicadena pero no sabía bien qué poner. Pensé en poner la radio pero la miré furtivamente y ella entendió al instante lo que quería.

-Puedes poner lo que quieras, ¿eh? Me gusta todo tipo de música. Pon lo que más te guste, así puedo criticarte o alabarte por ello.

Y rió alegre. Pasé de arriba abajo mis dedos por la estantería llena de discos. Después me miré las manos y decidí limpiar el polvo al día siguiente, cuando se fuese Elisa. Cogí uno de los discos y puse la canción que más me gustaba, como ella había dicho. I don’t want to miss a thing.

Al sentarme a la mesa, ella ya había empezado a comer y le pillé con el tenedor aún en la boca. Al escuchar la canción abrió los ojos todo lo que podía y no pudo resistir hablar con la boca llena. Y A mí se me subieron los colores con su pregunta.

-¿Te gusta Areosmith?

-¿Eso lo dices criticándome o alabándome?

-Lo digo pensando en que si pretendes conquistarme con canciones así, vas por buen camino.

No hice caso de su comentario. Me limité a probar la ensalada y desde luego estaba mucho mejor que las que yo preparaba.

-Elisa, ¿no eres demasiado joven para conocer a ese grupo?

-¿En serio piensas eso? Yo creo que la buena música no tiene nada que ver con las edades.

-Vale, me has pillado, formularé la pregunta de otro modo. ¿Cuántos años tienes?

-¿Sabes que eso no se le pregunta a una señorita?

Nos quedamos por un instante mirándonos a los ojos. Yo expectante y ella casi dolida. Agachó la cabeza y comió un poco más. Después volvió a alzar la mirada para mirarme nuevamente fijamente a los ojos, esta vez desafiante.

-Tengo veinte años.

-Yo treinta y dos –dije.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Elisa y Ariel, parte 3

No quería sentarme a escribir sobre Elisa. No quería simplemente porque sabía que cuando lo hiciese, la bonita historia de amor, corta e intensa, que vivimos juntos, habría llegado a su fin. Habría llegado el fin del mundo como ella decía. Y ahora me pregunto yo aquí sólo aquello que ella muchas veces me preguntaba mientras intentaba dormir entremezclada con las sábanas blancas de mi cama.

-Ariel, ¿qué será de nosotros cuando hayamos muerto?

-Elisa, no digas tonterías, anda.

Y ella me miraba a los ojos con el ceño fruncido mientras yo intentaba pasar de la página cien de un libro soporífero de filosofía. Sentía su mirada increpante sobre mis ojos así que no me quedaba más remedio que girarme para contemplar su gesto de preocupación.

-Te lo pregunto en serio Ariel. Si algún día, por lo que sea tú y yo no estamos juntos para mí sería el fin del mundo. Sería vivir muriéndome.

-¿Entonces si tú y yo un día decidimos seguir caminos diferentes habremos muerto? ¿A eso te refieres?

No quería escribir sobre Elisa porque en cierto modo no quería ponerle un final. De lo que estaba seguro es de que si teníamos que llegar a un fin, sería un fin triste. Que es como me gustan los finales. Por eso no quería escribir. Las historias escritas tienen un principio y un final claros, definidos. Y yo quería seguir dando un margen al creador del guión por si se le ocurría algo en el último momento y aparecía una segunda parte; o una tercera incluso.

Esperé y esperé, pero sin hacer nada. Sin contestar llamadas ni mensajes. Pensé que la solución me caería del cielo pero no fue así. Esperé sembrando tierra de por medio. Y sin querer, cerré una herida muy profunda con indiferencia y odio. Siempre dicen que del amor al oído hay un paso y viceversa. Dichos populares.

Cerré su herida, pero no la mía. Sigue abierta, latente. ¿Qué será de nosotros cuando hayamos muerto, Elisa? ¿Será posible que algún día resucitemos los dos y nos volvamos a encontrar?

domingo, 18 de septiembre de 2011

Como tantas otras veces

Sé que estás feliz porque hoy tampoco me di cuenta.
Feliz porque te maquillaste mucho mejor y bonito que yo.
A mí me gusta estar desnuda, brindarte mis defectos, vicios y virtudes en bandeja de plata.
Y sé que tú no lo sabes, pero sé lo que significa cada mueca de tu cara, cada mirada, cada quiebro de tu voz, cada.
Me gusta fingir una sonrisa y mirarte a los ojos. Simplemente para ver hasta dónde eres capaz de llegar. Hasta ver dónde llegan tus artes en maquillaje.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Bienvenido al mundo real, becario

Me llamo Patricia, tengo 24 años y soy prácticamente licenciada en periodismo. He estado trabajando como becaria por el periodo de 3 y 9 meses respectivamente en, quizá, las dos empresas de comunicación más prestigiosas del país. Y me dispongo a comenzar el mes de septiembre de 2011 con más pena que gloria. Sin trabajo, sin prácticas, sin contrato estable de alquiler. (Mal) viviendo en una casa (habitación) mucho, (pero mucho) más pequeña que donde vivía antes. Eso sí, me he mudado a la urbe. Y con la reforma de la ley bajo el brazo, tengo una gran esperanza. En ella se dice que una persona no podrá mantener la condición de ‘becario’ más allá de los 30 años.


Pues bien, haciendo una sencillísima resta, me quedan, al menos, seis años en los que si encuentro trabajo de lo mío, dícese en algo relacionado con el periodismo, estaré cobrando en el mejor de los casos una media de 350€ al mes. Bienvenida sea esta gran independencia económica con la que podré ahorrar, pagar la entrada para un piso en pleno centro de Madrid, pagar mis facturas de gas, agua, luz, teléfono, internet… ir a hacer la compra diaria al súper de El Corte Inglés en vez de ir al Día, e incluso poder comprar un mastín alemán para que salvaguarde de ladronzuelos mi casita de la sierra. Y todo eso con la nada desdeñable cantidad de 350 euros de mi sueldo de becario hasta que llegue a la treintena. Y si me organizo bien, hasta me sobra para poder pasar un fin de semana al mes en la playa.


Ah, perdón, ¿Que no puedo hacer todo eso con mi sueldo de becario?


Es decir, que si en realidad mi vocación no está tocando fondo y de verdad quiero intentar (o jugar a) ser periodista tengo que pasarme los próximos seis años viviendo, aún, bajo la tutela de mis padres, compartiendo piso. Sin tener un futuro claro, sin poder tener la posibilidad si quiera de pensar en tener una pareja o crear una familia.


Se comenta por los pasillos de las universidades que las empresas, al final, acaban contratando a los becarios que hacen las prácticas bajo su regazo. ¿Será verdad o mentira? Pero también se comenta que son demasiadas las empresas que les piden a su becario, que está a punto de licenciarse, que al menos se deje alguna asignatura sin aprobar, para así poder seguir contratándole, es decir, renovándole el contrato de becario.


Es decir, cuentan con él, pero ni mucho menos le han hecho un contrato de verdad, de esos en los que te dan de alta en la seguridad social o con el que pudieras contar con la ayuda de los 210 euros del gobierno para las viviendas en alquiler. O de esos en los que te hacen fijo y si un día quieren despedirte tienen que abonarte un finiquito y tú tienes que ir todos los meses a fichar al paro y cobrar un subsidio. No. Le hacen un contrato, quizá, de tres en tres meses o bien de seis en seis meses. Sin derecho a vacaciones o días libres. Trabajando las mismas horas que un empleado fijo normal de la misma empresa, o, incluso más horas si cabe.


Es decir, que hasta los 30 años somos mano de obra barata, demasiado barata diría yo.

domingo, 21 de agosto de 2011

Miméticos Románticos


Mimetizarse. Habilidad para asemejarme a otro ser que no guarda ninguna relación conmigo; al menos aparentemente. Pero no por camuflarme o esconderme. Camaleonizarme para sintetizarme visual y anímicamente contigo. Cada día más similares, trazando paralelas. Sin ninguna perpendicular que nos intercepte y que estropee nuestro camino infinito hacia adelante. Creando autopistas, nuestra Ruta 66 particular. Ajustando las manecillas del reloj a nuestro antojo. Y añadiendo y quitando hojas del calendario sin ningún orden. Siempre avanzando sin poner freno aunque de miedo.


No soy tuya ni tú eres mío. Sino que hemos echado raíces y arraigado. Yo soy parte de ti, y tú parte de mí. Cuando me abrazas fuerte tus dedos se clavan en mi espalda; y los míos en tu cadera. Se clavan y se funden en tu piel, en mi piel. Por eso ya tampoco somos dos. Tú con mi ropa y yo con la tuya. Compartimos calor, sueños, plantas, luces y sonidos, gula, lujuria, almohada... Y un sinfín más. Miméticos. Histéricos. Polifacéticos. Terapéuticos. Sintéticos.


Me hablas sin hablar cada mañana. Recostado de lado en la cama. Con palabras que salen de tus ojos. Yo entiendo todo lo que me dices. Lo proceso mirándote fijamente a los ojos y sin palabras me dices que no me preocupe por nada, sonriéndome y atusándome el pelo.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Tu cintura

Tu cintura es pequeña, morena y suave.


De la suavidad de tu cuerpo están emborrachadas las yemas de mis dedos; y mis manos, que se empapan con tu olor haciendo que yo, horas después y sin darme cuenta, esté siempre con los codos sobre la mesa oliesqueándome las manos, las pequeñas partículas que aún queden de él después de un día ajetreado.


Me gusta tu cintura, abrazarte desde atrás y poner mis manos a cada lado de tu cintura deslizándolas por tu cadera hasta casi desembocar en las aberturas de los bolsillos de tu pantalón. Vaquero y desgastado, elegante y sexy a un mismo tiempo.



Me gustan las noches de insomnio veraniegas provocadas por el calor. Insoportable en muchos casos, pegajoso y hasta sucio. La persiana alzada y la ventana abierta de par en par. Me gusta verte dormir así. Hecho un cuatro con las manos juntas debajo de la cabeza.



Algún día entenderás que mis ojeras no son porque esté pasando una mala racha o porque no logre dormir con tanto calor. Sino que mi afición favorita es mirarte mientras duermes. Ver tu cuerpo semidesnudo alumbrado ténuemente por la luz de la calle que entra por la ventana. Esa luz hace que tu cintura parezca más suave, más delicada.



Un juego de luces y sombra que me gustaría retratar algún día.

martes, 14 de junio de 2011

Arte

Me apetece cualquier cosa con la palabra Arte:
AbrazArte
TocArte
BesArte

martes, 3 de mayo de 2011

Cuestiones de familia en círculos vitales


Lucía o la fragilidad de las fuertes

María García-Lliberós

Barcelona, Plataforma Editorial, 2011, 207 páginas, 18 euros.

Patricia Vallejo

Lucía Serra es una mujer madura, de familia burguesa. Independiente y periodista en Roma; parece que allí tiene su vida resuelta. Vuelve a Valencia en julio de 1991, después de diez años de exilio voluntario, para formalizar los papeles del divorcio con Juan, su hasta entonces marido. La foto que ilustra la portada de la novela tiene mucho que ver con lo que nos cuenta el argumento. Es el tren de la vida de Lucía, que parece que se le está escapando aunque aún está a tiempo de cogerlo y tomar las riendas. Lo explica ella misma en un párrafo rebelador al principio de la historia: plantea contarse a sí misma la historia de su vida, al menos la de los últimos meses. Un recurso que engancha y da morbillo al lector, que se mete casi a escondidas en la vida de la protagonista, una total desconocida para ellos.

Lucía o la fragilidad de las fuertes es un círculo vital que se cierra, una historia circular con un principio y un final claros. La protagonista huye de su Valencia natal por el fracaso con un hombre, su marido y novio de toda la vida. Una vez instalada en Roma y refugiada de cualquier mal en su profesión, el periodismo, aparece un nuevo hombre, Prieto. Parece que podría curar todos los males o errores anteriores pero la historia vuelve a repetirse y Lucía vuelve al mismo lugar del que huyó hace diez años. Reencontrándose así con su pasado y planteando multitud de reflexiones sobre la vida, e incluso la muerte.

Estas reflexiones hacen que Lucía sufra un crecimiento o descubrimiento personal, cambiando las prioridades que hasta entonces tenía en su vida. De mujer independiente pasa a preocuparse por encontrar una familia. Además, una cuestión sobre su propio origen hace que por fin entienda a su madre y muchos aspectos de su vida pasada.

Reencuentros, adiciones físicas, cuestiones de familia, el pasado y el inminente futuro o los caminos que puede tomar la vida son algunos de los temas que se tratan. Aunque, sin duda, es una novela de personajes en la que la autora, María García-Lliberós, podría haberse lucido. Sin embargo no lo hizo. Éstos no están bien utilizados. Convirtiéndose así en uno de los principales males para la novela, o para el lector. Pese a que los personajes están bien diferenciados y cada uno de ellos desempeña un rol definido dentro de la sociedad, la forma de hablar de éstos hace que el lector no llegue a creer del todo al personaje y por consiguiente la historia. Tienen un lenguage muy neutro, casi de manual. Están definidos pero a la vez muy estereotipados, el discurso de todos ellos es muy similar, es decir, que ninguna voz prevalece sobre otra. Además, alguna de las conversaciones que intentan pasar por profundas se convierten en insustanciales, casi incrustadas en el contexto en el que las ubica. Conversaciones acaloradas o tensas mientras se sirven copas de vino en la comida, por poner un ejemplo.

Por consiguiente, Lucía o la fragilidad de las fuertes aunque puede presumir de enganchar a un lector medio por ser una historia cotidiana que, pese a describir a una familia burguesa, podría pasarle a cualquiera, se convierte en una novela plana, casi previsible en algunos aspectos. Como en el giro inesperado del final. Pese a ser eso, un giro inesperado, una vez que la escritora empieza a plantearlo, hasta el lector menos avispado imagina lo que leerá a continuación.