A la mañana siguiente me desperté sobresaltado, como si de un mal sueño se tratase. Miré el reloj y eran las siete y veinticinco de la mañana. Decidí levantarme e ir a la cocina a por un café caliente y bien cargado. Elisa aún seguía durmiendo, con mi pijama de cuadros.
Me vestí con sumo cuidado, y enuna hoja de mi cuaderno de tapas rojas le escribí un mensaje a Elisa que después dejé encima de su abrigo, en el salón. “Elisa, esta mañana tuve que irme temprano, tenía que hacer unas cosas. Te he dejado café preparado en la cocina y en el estante hay bollos por si quieres comer algo. Nos vemos”.
Pero lo cierto es que esa mañana no tenía nada que hacer. Solo estuve paseando toda la mañana, sin un rumbo fijo. Hasta que avisté la estación de trenes y fui allí a ver cómo la gente se iba con sus maletas y cómo otros llegaban. Estuve toda la mañana sentado en un bar con un café con leche. No dejaba de pensar en la noche anterior, en Elisa. En cómo me había engatusado con esa sonrisa de niña buena. Era contradictorio lo que sentía en aquel momento. Huí de casa porque no quería estar allí más tiempo con ella, pero a la vez maldecía el momento en el que salí por la puerta. Me hubiera gustado ver cómo se despertaba. Si tendría cara de zombie o si sin embargo seguía guapa recién levantada, con la cara lavada con agua fría.
Aposté a que al despertarse seguramente no sabría bien dónde estaba, a que cotilleó mis cosas abriendo y cerrando cajones. O incluso que cuando yo llegara ahí seguiría ella, con la comida caliente y preparada.
Pero no fue así, al llegar a casa ella ya no estaba allí. Solo había una nota encima del sofá. Cariñosa y distante a la vez. En realidad era mi misma nota pero ella había escrito en el reverso. Hasta ese mísero detalle me pareció cruel. “Gracias por todo”, y un corazoncito en vez de un punto. Y su firma, Elisa. Con letra cursiva y emborronada.
Me pareció un feo detalle que esa intrusa se metiera con tanto interés en mi vida, revolucionándola aunque hubiera sido por menos de veinticuatro horas, y que después saliera tan abruptamente con un simple “gracias por todo”.
Las dos semanas siguientes me las pasé yendo todos los días a la cafetería de la Facultad de Geografía e Historia, donde la conocí. Me paseé por todos los pasillos de la misma por si la encontraba entre el resto de los alumnos, en los descansos de clase, pero sin suerte. Desde luego no me atreví a preguntarle a nadie por ella. ¿A quién podría preguntar? Por eso me maldecía aún más por no haberme quedado en casa para verla despertar. Me di por vencido y aposté por continuar mi solitaria vida aburrida.
Y gracias a Elisa me di cuenta de que no por desear una cosa acabas teniéndola o consiguiéndola, aunque lo desees mucho. La vida es así de caprichosa. Cuando ya por fin olvidas aquello que tanto querías es cuando aparece de la nada. Y es así como en un supermercado de la calle Toro, una chica de unos veintitantos años y con el pelo corto y castaño chocó sin querer su cesta de la compra con mi carro. Sin querer pensé yo, hasta que le vi la cara.
-¡Ariel! –Sonrío haciéndose la sorprendida- ¿Aquí también observas a la gente?
Con esa simple pregunta volvieron los juegos y las sonrisas picaronas, lo nuevo fue que al verla a mí me empezó a latir el corazón de forma extraña.
-No, Elisa. Aquí solo compro lechugas y tomates.
-Si piensas invitarme a cenar a base de una ensalada de lechuga y tomate lo llevas claro Ariel, por lo menos tienes que ponerle un par de cosillas más.
-¿Y cuales tendrían que ser esas cosillas para que te guste la ensalada?
-Vaya. Eso es un sí, ¿no? ¿Piensas invitarme a cenar?
Y ahí la tenía otra vez, entre los fogones de mi casa, armada de mi delantal con estampado de vaca y cortando la lechuga estilosamente con un cuchillo de sierra. Cambió los tomates por taquitos de salmón y maíz. Yo me apoyé en el umbral de la puerta para verla manejarse en la cocina de una casa extraña. Ella no dejaba de hablar sobre todo lo que había hecho desde que no nos veíamos. Sólo cuando me habló de sus notas se me pasó por la cabeza que quizá era demasiado pequeña para mí.
-Voy a ir preparando la mesa mientras acabas eso. ¿Prefieres cenar con música o con la televisión?
-La verdad es que cuando estoy sola en casa me pongo la televisión a todas horas, pienso que me hace compañía.
-Entonces pongo la tele. ¿Qué canal prefieres?
-Ariel, he dicho que cuando estoy sola es cuando la pongo, ahora no estoy sola.
Y mientras lo decía cogió el bol con la ensañada y lo puso en medio de la mesa camilla del salón. A cambió yo conecté la minicadena pero no sabía bien qué poner. Pensé en poner la radio pero la miré furtivamente y ella entendió al instante lo que quería.
-Puedes poner lo que quieras, ¿eh? Me gusta todo tipo de música. Pon lo que más te guste, así puedo criticarte o alabarte por ello.
Y rió alegre. Pasé de arriba abajo mis dedos por la estantería llena de discos. Después me miré las manos y decidí limpiar el polvo al día siguiente, cuando se fuese Elisa. Cogí uno de los discos y puse la canción que más me gustaba, como ella había dicho. I don’t want to miss a thing.
Al sentarme a la mesa, ella ya había empezado a comer y le pillé con el tenedor aún en la boca. Al escuchar la canción abrió los ojos todo lo que podía y no pudo resistir hablar con la boca llena. Y A mí se me subieron los colores con su pregunta.
-¿Te gusta Areosmith?
-¿Eso lo dices criticándome o alabándome?
-Lo digo pensando en que si pretendes conquistarme con canciones así, vas por buen camino.
No hice caso de su comentario. Me limité a probar la ensalada y desde luego estaba mucho mejor que las que yo preparaba.
-Elisa, ¿no eres demasiado joven para conocer a ese grupo?
-¿En serio piensas eso? Yo creo que la buena música no tiene nada que ver con las edades.
-Vale, me has pillado, formularé la pregunta de otro modo. ¿Cuántos años tienes?
-¿Sabes que eso no se le pregunta a una señorita?
Nos quedamos por un instante mirándonos a los ojos. Yo expectante y ella casi dolida. Agachó la cabeza y comió un poco más. Después volvió a alzar la mirada para mirarme nuevamente fijamente a los ojos, esta vez desafiante.
-Tengo veinte años.
-Yo treinta y dos –dije.
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