No quería sentarme a escribir sobre Elisa. No quería simplemente porque sabía que cuando lo hiciese, la bonita historia de amor, corta e intensa, que vivimos juntos, habría llegado a su fin. Habría llegado el fin del mundo como ella decía. Y ahora me pregunto yo aquí sólo aquello que ella muchas veces me preguntaba mientras intentaba dormir entremezclada con las sábanas blancas de mi cama.
-Ariel, ¿qué será de nosotros cuando hayamos muerto?
-Elisa, no digas tonterías, anda.
Y ella me miraba a los ojos con el ceño fruncido mientras yo intentaba pasar de la página cien de un libro soporífero de filosofía. Sentía su mirada increpante sobre mis ojos así que no me quedaba más remedio que girarme para contemplar su gesto de preocupación.
-Te lo pregunto en serio Ariel. Si algún día, por lo que sea tú y yo no estamos juntos para mí sería el fin del mundo. Sería vivir muriéndome.
-¿Entonces si tú y yo un día decidimos seguir caminos diferentes habremos muerto? ¿A eso te refieres?
No quería escribir sobre Elisa porque en cierto modo no quería ponerle un final. De lo que estaba seguro es de que si teníamos que llegar a un fin, sería un fin triste. Que es como me gustan los finales. Por eso no quería escribir. Las historias escritas tienen un principio y un final claros, definidos. Y yo quería seguir dando un margen al creador del guión por si se le ocurría algo en el último momento y aparecía una segunda parte; o una tercera incluso.
Esperé y esperé, pero sin hacer nada. Sin contestar llamadas ni mensajes. Pensé que la solución me caería del cielo pero no fue así. Esperé sembrando tierra de por medio. Y sin querer, cerré una herida muy profunda con indiferencia y odio. Siempre dicen que del amor al oído hay un paso y viceversa. Dichos populares.
Cerré su herida, pero no la mía. Sigue abierta, latente. ¿Qué será de nosotros cuando hayamos muerto, Elisa? ¿Será posible que algún día resucitemos los dos y nos volvamos a encontrar?
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