
Lucía o la fragilidad de las fuertes
María García-Lliberós
Barcelona, Plataforma Editorial, 2011, 207 páginas, 18 euros.
Patricia Vallejo
Lucía Serra es una mujer madura, de familia burguesa. Independiente y periodista en Roma; parece que allí tiene su vida resuelta. Vuelve a Valencia en julio de 1991, después de diez años de exilio voluntario, para formalizar los papeles del divorcio con Juan, su hasta entonces marido. La foto que ilustra la portada de la novela tiene mucho que ver con lo que nos cuenta el argumento. Es el tren de la vida de Lucía, que parece que se le está escapando aunque aún está a tiempo de cogerlo y tomar las riendas. Lo explica ella misma en un párrafo rebelador al principio de la historia: plantea contarse a sí misma la historia de su vida, al menos la de los últimos meses. Un recurso que engancha y da morbillo al lector, que se mete casi a escondidas en la vida de la protagonista, una total desconocida para ellos.
Lucía o la fragilidad de las fuertes es un círculo vital que se cierra, una historia circular con un principio y un final claros. La protagonista huye de su Valencia natal por el fracaso con un hombre, su marido y novio de toda la vida. Una vez instalada en Roma y refugiada de cualquier mal en su profesión, el periodismo, aparece un nuevo hombre, Prieto. Parece que podría curar todos los males o errores anteriores pero la historia vuelve a repetirse y Lucía vuelve al mismo lugar del que huyó hace diez años. Reencontrándose así con su pasado y planteando multitud de reflexiones sobre la vida, e incluso la muerte.
Estas reflexiones hacen que Lucía sufra un crecimiento o descubrimiento personal, cambiando las prioridades que hasta entonces tenía en su vida. De mujer independiente pasa a preocuparse por encontrar una familia. Además, una cuestión sobre su propio origen hace que por fin entienda a su madre y muchos aspectos de su vida pasada.
Reencuentros, adiciones físicas, cuestiones de familia, el pasado y el inminente futuro o los caminos que puede tomar la vida son algunos de los temas que se tratan. Aunque, sin duda, es una novela de personajes en la que la autora, María García-Lliberós, podría haberse lucido. Sin embargo no lo hizo. Éstos no están bien utilizados. Convirtiéndose así en uno de los principales males para la novela, o para el lector. Pese a que los personajes están bien diferenciados y cada uno de ellos desempeña un rol definido dentro de la sociedad, la forma de hablar de éstos hace que el lector no llegue a creer del todo al personaje y por consiguiente la historia. Tienen un lenguage muy neutro, casi de manual. Están definidos pero a la vez muy estereotipados, el discurso de todos ellos es muy similar, es decir, que ninguna voz prevalece sobre otra. Además, alguna de las conversaciones que intentan pasar por profundas se convierten en insustanciales, casi incrustadas en el contexto en el que las ubica. Conversaciones acaloradas o tensas mientras se sirven copas de vino en la comida, por poner un ejemplo.
Por consiguiente, Lucía o la fragilidad de las fuertes aunque puede presumir de enganchar a un lector medio por ser una historia cotidiana que, pese a describir a una familia burguesa, podría pasarle a cualquiera, se convierte en una novela plana, casi previsible en algunos aspectos. Como en el giro inesperado del final. Pese a ser eso, un giro inesperado, una vez que la escritora empieza a plantearlo, hasta el lector menos avispado imagina lo que leerá a continuación.
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